El Ipsum Petronio: Un mar sonoro lleno del oleaje y el sabor Pacífico

Por Luís Fernando Tasceche

Desde que nació el Festival de Música del Pacífico y se inauguró el 6 de agosto de 1997 en el Teatro Municipal Al Aire Libre Los Cristales, éste se fue convirtiendo en un proceso de desarrollo cultural que alcanzó a convertirse en un espacio social “de congregación y reflexión sobre la herencia cultural de la tradición del Pacífico” [1], porque contó con la presencia de las colonias asentadas en gran número de los barrios, comunas y corregimientos de la municipalidad de Santiago de Cali.
Siempre es muy grato descubrir que todas las cantadoras y los músicos que hacen las músicas en el formato de Marimba e interpretan los cantos tradicionales Afrodescendientes de sus culturas musicales, nos permiten sentir a cada uno de los que vivimos la fiesta afrocolombiana por antonomasia, que ésta es la más liberadora, explosiva y representativa por toda la vitalidad musical que despliega en propios y extraños.
Esta es la fiesta en la que -“éstas cantadoras y éstos músicos”- que son los portadores de las tradiciones, encarnan en cada una de sus expresiones cantables, una verdadera elegía a la fuerza de la música en la vida, donde como decía el maestro del verso poético Helcías Martán Góngora: se siente “en lo más profundo/este cantar de mi gente… /La sangre da la vuelta al mundo/como el mar al continente. /Bailo con negra soltura en Tumaco y Ecuador, /en Guapi, en Buenaventura/y en la costa del Chocó. /El cantar que tú modules/ nunca tendrá la virtud /que tiene mi makerule, /currulao, berejú/makerule, berejú!/” [2].
Un poema cuajado por la fuerza sensible de una escritura que patenta la experiencia del que vive los juegos de abalorios que poseen el mar y sus músicas pues dan cuenta del Ritual y la Ceremonia de las Fiestas con la participación de la Palabra, la Música y la Danza, precisamente cuando éstas con sus nombres de makerule, berejú, currulao, aguabajos, abozaos, alabaos, y patacorés,… son los ritmos que simbolizan la memoria del cuerpo y el folklor de los pueblos del litoral.
Estos ritmos son un autoreconocimiento de las diversidades orales, sociales, creativas y pluriétnicas que se generan e inventan desde sus propios escenarios posibles de goce, divertimento y realización de la imaginación de los pueblos afropacíficos que las viven y comparten en el espacio de las Fiestas locales de la región pacífica y en la preparación de los procesos de desarrollo y fomento del Festival en los territorios de la cuenca.
Por eso, el recuerdo del texto del maestro Helcías. El poema es el testimonio vivo de la fuerza que tienen unos ritmos y el carácter simbólico que los resume, pero que hasta ese momento de la escritura del poema -Cali todavía está ausente- y no ha germinado el Petronio como Festival y Fiesta de tradiciones. Pero, en el poema al lector del mundo, el poeta Martán lo insta a vivir y sentir estas músicas entrañables de la madre del agua en la tierra: el mar de Yemayá, en el océano pacífico. Son las mismas músicas y comunidades que ya hacen parte del territorio caleño en pleno siglo XXI, porque a esta ciudad han llegado en los últimos treinta y cinco años, cientos de miles de inmigrantes Afrodescendientes provenientes del Pacífico colombiano, trayendo consigo y aportando un gran acervo de tradiciones y valores culturales presentes por centurias en las rutinas cotidianas de sus vidas.
De ahí, la necesidad de definir que la impronta esencial del Festival de Música del Pacífico “Petronio Álvarez” la incorporan los músicos y las cantadoras que participan como transmigradores de las tradiciones orales y ancestrales que han sido transmitidas de generación en generación desde la llegada del África a América, gracias a la capacidad de testimoniar y tejer formas de relacionarse y de ser que tienen los pueblos, puesto que narran las lógicas de ver y entender el universo simbólico del Pacífico y que ilustran acerca de los sentimientos de pertenencia e identidad de quienes pueblan sus calles, sus ríos, sus montes, sus poblados y sus puertos en ese inmaculado territorio de leyendas y reescrituras.
Reescrituras que son las mismas hojas de la memoria de las que se sabe y se conoce que “en muchas ocasiones enmascararon sus religiones africanas en el formato del culto católico preservando elementos de sus teogonías y que construyeron procesos de identificación al interior de los “cabildos” y “cofradías” permitidos por las autoridades coloniales, desde donde gestaron cuando pudieron rebeliones abiertas. Además, se las ingeniaron para llevar los cuentos, la música y los rituales más allá de lo lúdico y usarlos como sustento de un ideario abiertamente libertario” [3].
Esto es así de complejo y significativo en este resonar del Festival que termina por hacernos desbrozar que su residencia en este mundo se compagina con una “tierra desconocida”, con un “litoral recóndito” [4] –del que tanto pronunciaba y señalaba el eterno Manuel Zapata-. Es desde allí de donde emergen sus notas musicales que circundan en la infinidad de las chagras sembradas con el pan-coger del plátano, la yuca, el maíz, el maní, la batata, el ñame, el chontaduro, las palmas de coco, los frutales y las hortalizas que están tejidas en las costas [5] y que hacen parte de cerca de los 339.100 km2 que nos hablan y cuentan cada uno de los participantes, en los relatos musicalizados de sus historias en el Festival Petronio.
Son los espacios definitivos que están tatuados en la experiencia vital de sus existencias desde el vestigio de sus venas, arterias, corazones, almas, sentimientos, cuerpos, cadencias y cuerdas vocales. Moradas que además de ser sus nortes y sus sures, también están en la biofísica de cada uno de sus riachuelos, manglares, selvas, maniguas, ensenadas, bahías y esteros que conforman los territorios que son parte de los departamentos del Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño, en ese andén de la gran cuenca selvática del Chocó-biogeográfico.
“El Pacífico/ Sin errar la dirección/ Oirás en viaje valioso/ historias que me contó/el mar señor poderoso. / Que mil trescientos kilómetros/ Tiene esta costa mía/ De Ecuador a Panamá/ Nos dice la geografía/Y se gasta más de un día/ En franca navegación/ Y una buena embarcación/ Se necesita por cierto/ Navegando a cielo abierto/ Sin errar la dirección./ Allí se encuentra de todo/ Tanto en tierra como en mar/ Gente de piel morena/ Peces grandes y manglar/ Mil cuentos para contar/ Todos ellos fabulosos/ Y sobre la vida diaria/ De otra gente legendaria/ Oirás en viaje valioso/ Y yo salí de Tumaco/ con rumbo norte fijado/Satinga, Guapi y El Charco/ pronto los hube tocado/ por Timbiquí he pasado/ por Buenaventura y Baudó/ Bahía Solano y Juradó/ hasta Punta Ardita llegué/ y allí sentado escuché/historias que me contó./ Narraciones siniguales/ de tiempos antepasados/ cosas buenas y también males/ por las costas han pasado/ son pocos los que han quedado/ ya el recuerdo es borroso/ siempre ha estado silencioso/ y a través de cada siglo/ de esto ha sido testigo/ el mar señor poderoso”/[6].
Esos son sus habitads naturales. Los ecosistemas de sus mundos imaginarios y sus representaciones sociales en medio de la inmensidad del mar pacífico pues es desde donde nos conversan y dialogan, cantando y bailando con sus gritos y cantos llenos de las prosodias que llevan los acentos, los pulsos y los compases de unas matrices rítmicas indelebles que por su oralidad, corporalidad y el lenguaje estético de las africanidades tienen en sus humanidades, todas las sumatorias de las memorias del tiempo de la conquista, la colonia, la esclavitud, la independencia y la modernidad con las resistencias de los procesos sociales que han implicado el desbordarse como sujetos humanos y como pueblos, en las infatigables e inolvidables luchas por sus libertades en sus palenques[7] y en los libres albedríos de saber asumir el cimarronaje desde la dignidad en los espacios históricos de su condición humana.

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Son pues muchos los años de ignominia y crueldad en los que –sólo a fínales del siglo XX, aparece una Constitución Política como la del 91 y la Ley 70 de 1993-, las que son las hojas de ruta hacia la civilidad democrática e incluyente de la nación colombiana; las que abren realmente junto con el Festival de Música de Pacífico, las condiciones de posibilidad para que puedan adquirir realmente los Afrodescendientes sus ciudadanías en el Nuevo Mundo. Diríamos conquistar felizmente “la ciudadanía, lo que implica formar parte de una comunidad política con igualdad de derechos y con sentido de identidad y pertenencia” [8].
Ese es el espacio maravilloso de la Carta Magna, la que “fundamentó el establecimiento de una relación cualitativamente diferente entre el Estado y la población afrocolombiana al reconocer y asegurar la protección de la diversidad étnica y cultural (Artículo 7), obligar al Estado a proteger las riquezas culturales y naturales (Artículo  y determinar que “todas las personas nacen libres e iguales ante la ley y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica” (Artículo 13). Pero, además, reconoció derechos colectivos en territorios de ocupación ancestral (Artículo Transitorio 55)75 al determinar que “las tierras comunales de grupos étnicos son inalienables, imprescriptibles e inembargables” (Artículo 63), afirmó el derecho de los grupos étnicos a una formación que respete y desarrolle su identidad cultural (Artículo 67), y anunció la promulgación de una ley para establecer una circunscripción especial que asegurase la participación en la Cámara de Representantes de los grupos étnicos (Artículo 176)”[9].
Por eso el Festival es un tributo a los “mayores”, a “los ancestros” y a los procesos liberadores que sirven para perpetuar su Memoria que igualmente “está enraizada en lo más profundo de la historia de los Afrodescendientes en Colombia” y el Petronio, por eso, es un espacio sempiterno de la identidad y la diversidad.

Es un Festival que nos facilita indiscutiblemente cómo se lo puede vivir y sentir, en lo que llamaríamos el proceso desencadenante de resignificar una ciudadanía Afrodescendiente desde el Pacífico como la apertura refundadora de un “ethos” cultural que busca asumir la ciudadanía plena con paridad de derechos y con un acumulado de percepciones, en las que están condensadas las páginas de una dolorosa historia en la que juega un papel muy importante y significativo, los márgenes y las huellas de la memoria de “una esclavitud que menoscabó profundamente su dimensión humana y redujo a la categoría de semovientes a seres arrancados violentamente de sus naciones, sus entornos y sus familias”[10].
Páginas y memorias que se redimensionan y se vuelven a renombrar con el aliento de la dignidad soneada por el canto de sus músicas y que saben que “durante el llamado tráfico negrero se los catalogó como “piezas” que se marcaban una vez llegaban a los puertos coloniales en “cargazones” cuando eran muchos, o en “lotes” cuando eran pocos” [11].
Esa es una página de la humanidad que para “los Afrodescendientes que iniciaron su historia en la tradición colombiana, – y que la iniciaron con la negación-. Negación de su humanidad plena, de su dignidad, de su libertad, de sus oportunidades y de sus derechos mínimos” [12], es una página que tiene otros significados desde el Festival con la palabra cantada, con el resonar de las baterías de tambores y cueros, en medio de una égloga emancipadora que retoma la letra A de la madre tierra: ¡África! para volver a nacer y renacer en cada efluvio de las ritmáticas del piano de la selva, la marimba. O de cualesquiera de sus expresiones significativas de su musicalidad.
Es “la historia de los Afrodescendientes” la que se rememora en todos los momentos del Festival Petronio, porque son las historias de los africanos que dejaron silueteada en cada metamorfosis de cada una de las familias del África en el Pacífico que son y hacen parte de esa “historia de todas y todos los Afrodescendientes” que saben perfectamente que “en todos los lugares donde se llevaron esclavos africanos, ésta historia estuvo marcada por el recorte de su humanidad, su cosificación y su transmutación en herramientas productivas y mercancías realizables en el mercado”[13].

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Historias que se reviven en el Festival Petronio, pero que ellos como herederos… ayer, hoy y mañana son los que las “traducen… con un quehacer musical diverso, ecléctico y dinámico en el que la tradición oral, transmitida de generación en generación, cumple un rol fundamental dentro de los contextos sacros y profanos…”[14] puesto que son los espacios simbólicos y metafóricos, los que revaloran “los espacios informales tradicionales de transmisión de conocimiento”, donde se juegan nuevamente unas pedagogías y unas escrituras musicales muy profundas que a partir de la “oralidad, es decir ese mecanismo por el cual se comunican las personas a viva voz, -que es un común denominador en estas tierras pacíficas, como otrora en el África se hacía con los interminables griots-, son muy significativos /en la construcción y apropiación de los saberes tradicionales musicales para construir hechos sonoros con los que satisfacen las necesidades inmediatas en una comunidad”[15].

Desde la celebración del Festival diríamos que desde las oralidades y corporalidades de unas comunidades que se reinventan en cada acto sonoro y danzario, sirven para reencontrarse con la tierra transmigrada y el sentido de las polifonías y los polirritmos cuando étnicamente podemos revivir sus lenguajes, ritmos, cantos y cadencias.
Ese proceso es como ir redescubriendo la médula de esa africanidad pacífica que sabe resumir Saturnino Nino Caicedo Córdoba en el texto “El Festival de la marimba y la Música del Pacífico” cuando afirma que: “Lo que se conoce hoy como música del Pacífico es la música africana, adaptada a América por los primeros africanos en este continente, quienes a partir de recuerdos construyeron un África en América Latina…en una palabra, donde…trasladaron toda su cultura: rituales, música, danza, gastronomía, vestuario y lenguaje, es decir, toda su manifestación inmaterial para enriquecer este continente”[16].
Son sus experiencias vividas en cada rincón de aquellas tierras embrujadas por el rumor de las músicas, las que traen los ecos de la vida y que suspiran en Cali cada agosto [17] desde hace 17 años.
Es posible que el día que el historiador y antropólogo Germán Patiño se imaginó este encuentro simbólico, -“de un gran currulao” lo soñó como una oportunidad donde las gramáticas de las ritualidades afropacíficas pudieran dialogar y se reconstituyeran culturalmente como ese “conjunto de saberes-haceres, reglas, normas, interdicciones, estrategias, creencias, ideas, valores y mitos que se han transmitido de generación en generación y que se reproducen en cada individuo, puesto que controlan la existencia de la sociedad y mantienen la complejidad psicológica y social” – aquello que tanto nos lo ha hablado Edgar Morín[18].
Ritualidades que volvieran a retomar el curso de la vida en esta ciudad con la aparición e invención del Festival de Música del Pacífico, en escenarios tan diversos como lo fueron los tiempos entusiastas e incomparables en el original complejo arquitectónico, cultural y paisajístico del barrio Nacional, allá en la carrera 14 oeste con la calle sexta No. 6-00, cuando las colonias pacíficas enarbolaban sus banderas municipales, sus subregiones culturales, sus imbricaciones musicales, sus ideas identitarias, durante las fiestas de las cuatro noches y los cuatro días interminables, con lo que sería el pasar de un lado a otro, como la gran romería de los valores pacíficos que enuncian la formación de otra gran realidad simbólica en el tejido de la ciudad de Cali.
Hecho valioso que hablaba del río de gentes y sus muchachadas desplazándose por las calles aledañas, o en las cercanías al Parque Artesanal de la Loma de la Cruz, que al reagruparse las comunidades con motivo del Festival, mostraban que eran provenientes de las más diversas veredas y corregimientos de las costas del litoral y que creaban un juego de intercambios y de matrices que simbolizaban los valores, la historicidad, sus herencias, su visibilidad étnica, sus cartografías habladas y contadas en formas de cantos, ritmos, gestos y conversaciones, encontrándose con sus orígenes comunes, con su inclusión y reconocimiento en la urbe, con todas sus huellas y marcas, sus imágenes, con su incorporación como con la redefinición de las identidades y afloración de su habitancia y de sus ciudadanías musicales, corporales, como formas eficaces de un diálogo intercultural y generacional muy profundo que permitía para difundir y ampliar la formación de nuevos públicos ciudadanos culturales con y a través del “Festival Petronio”.
Eran las noches de carnaval del festival, donde la romería contagiaba el rumor de los vientos alisios con el que coquetean las nubes esta tierra cálida de Cali. El Festival prácticamente se desparramaba con sus comunidades y “colonias” por los territorios urbanos para rescatar y mantener sus herencias sobrevivientes de lo africano y lo pacífico, en una reestructuración social, política, económica y territorial.
Prácticamente el Festival Petronio, de forma irreversible creaba una territorialidad contemporánea en la urbanística de la cotidianidad de Cali con el traspaso de las tradiciones y los valores pacíficos que la oralidad iba creando desde importantes referencias territoriales de las comunidades, con sus ventas de cocos, frutas, dulces, restaurantes, comederos, juegos de dominó, parches de peluquerías, mojigangas como si fueran enormes soportes de sus supervivencias culturales.
El Festival Petronio era, es y será una mejor forma de entender y comprender las religiosidades, la gastronomía, los hábitus culturales, la movilidad social, las coreografías callejeras, las rondas percutivas de los cununos, los bombos, los guasás y los arrullos alegres en una procesión interminable hasta los amaneceres.
Igual como dice y sugiere contundentemente el antropólogo Rafael Pereachalá Alumá: “sólo un pueblo que tiene a la música como el más preciado elemento de su etnicidad es capaz de hacer una fiesta con tan soberbio derroche de alegría” [19], que en el sampacho es más que evidente porque puede estar en todo territorio chocoano y transmigrar por los territorios afro de la Colombia de entonces.
También lo era y lo fue en la resimbolizada Plaza de Toros del río Cañaveralejo cuando lo describe este bello aparte literario: “Un remolino de sonidos confundía en sus giros rítmicos los clarinetes, bombardinos, violines, marimbas, cununos y guasás. Todos son instrumentos pertenecientes a la tradición artística y cultural de los afropacíficos, en el Sur-occidente colombiano. Para seguir el camino del Petronio es necesario abordar esta ruta festiva, que comienza su travesía aquí. En la calle, el río humano desemboca en un mar alborozado: la Plaza de Toros. La fila progresa, interminable. Quienes lograron llegar temprano ya gozan en la marea pacífica del Petronio. Otros se confunden en el torrente que fluye entre las tascas, afuera. Tratan de disfrutar la fiesta a través de la repetición, mostrada en las pantallas gigantes, del evento que bulle sobre el escenario. La marimba inicia con su sonar de agua que golpea en la rivera de los ríos. Caderas y pies le siguen el compás… el público canta. Ahora, la agitación de los pañuelos blancos simboliza la entrada al júbilo interminable. Las coreografías van tomando forma: japoneses, africanos, norteamericanos, franceses y colombianos tratan de seguir las indicaciones imprevistas que hacen los más aventajados en el ritmo. Entre tanto, los movimientos difíciles o imposibles arrancan carcajadas a los inexpertos. Los cuerpos en éxtasis total centellean energía y vigor. Vueltas, caminatas, saltos, brazos arriba y abajo continúan al compás de los violines. Ésta será la ruta del Festival durante las cuatro noches siguientes” [20].

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O la desbordante experiencia de cambiar para mejorar las cadenas productivas del complejo cultural en el novísimo y reconstruido Estadio Olímpico Pascual Guerrero en el 2011, -donde se visualizaba un gran clúster en desarrollo del complejo cultural del pacífico-, donde pensábamos se habría celebrado el currulao más grande del mundo, cuando un año después en el 2012 surgió la posibilidad de un campo abierto –dentro de unas antiguas canchas de futbol, en el último tapete verde del olvidado Hipódromo- que fue el espacio que terminó por albergar la gran fiesta del Festival con algo más de ciento veinte mil almas que incrédulamente se reunían en cada noche para gozarse sin ninguna abstracción el Petronio como la celebración Homenaje a las Cantadoras del Pacífico.
Son tan variadas las formas de conocimiento de las diferentes ritualidades del Petronio, que muchas veces estas transmutaciones del simbólico capital cultural del Petronio, son el permanente abrebocas para que exista un comité conceptual que se ha reunido para encontrarle sentidos, nortes y explicaciones a esta plataforma simbólica por el cual se reconoce en el mundo a las gentes hermosas del pacífico como aquellas que hacen revivir el África con las músicas tradicionales que posibilitan que sea en Cali donde se den efectivamente los circuitos de los procesos encaminados a los autodescubrimientos de la equidad, la inclusión, donde con acciones concretas las diversidades y las diferencias generan y traslucen matices, gustos, preferencias de una importancia tan fuerte como las oportunidades para el diálogo intercultural de diversidad de pueblos.
O a la vez, pueda ser un espacio social y simbólico para el desarrollo de una interacción de ritos y creencias, hablas y tambores, bailes y rezos, abaniqueos y flexiones, flirteos y chasquidos de pañuelos de colores, con sus zapateados y risas que parecieran como ceremonias sacramentales impregnadas de unas fuerzas ancestrales y de unos contenidos mágicos que conversan y hablan desde la Memoria de una polifonía palenquera, cimarrona y raizal.
Son la misma Memoria que ha aprendido el sentido del ritmo, la tradición oral, la huella de las africanías, en una inconfundible y acrisolada diversidad que hace un mestizaje étnico donde somos gemelos por el lenguaje y separados por las lenguas de las organizaciones sociales y de las culturas de nuestros diferentes pueblos en el litoral recóndito.
Son la memoria que es esa matriz de la sociedad humana, “arcaica o moderna que permite decir que no hay una que no tenga cultura, porque cada una es singular, siempre hay la cultura en las culturas, puesto que la cultura no existe sino a través de las culturas, -de la diversidad y la pluridad de individuos-, puesto que migran de una cultura a otra hasta poder universalizarse” tal como lo afirmó Morín, para poder asimilarse y enriquecerse.

Por eso, es muy pertinente en el Festival, propiciar unos procesos que puedan concebirlo como un diálogo cultural para que no se minimicé y oculte la unidad humana que se ve en la diversidad de sus culturas y evitar que la consideren secundaria a la Memoria ancestral, tradicional y musical.
El proceso del Petronio hay que concebirlo como una unidad que asegura y favorece la diversidad. Una diversidad que se inscribe en una unidad y eso es crucial porque la cultura mantiene la identidad humana en lo que tiene de específico; mantiene las identidades sociales [como las del Pacífico aunque estuvieron aparentemente encerradas en sí mismas para salvaguardar su identidad que es algo bien singular; pero, son una cultura de culturas que igualmente son abiertas, pues se integran en ellas saberes y técnicas, ideas, costumbres, alimentos/gastronomías, individuos provenientes de otras partes,
con las asimilaciones de otras latitudes que vienen de contenidos enriquecedores para seguir siendo múltiples y terrenales como en un holograma que es Africano, Indígena, Español y Oriental].
Ese es el sentido profundo del Festival, es delirante y racional. Es empírico e imaginador. Es poético y palabrero. Es lúdico y trabajador. Tiene las virtudes de la Fiesta, que se manifiesta como el rito, como el afecto y la magia hasta alcanzar a ser supersticioso y mítico.
Habla desde el fervor popular y de ahí la alta valoración que hay que darle al Petronio, que es una nueva oportunidad para resignificar las culturas diversas del litoral recóndito en un eterno diálogo intercultural de permanente negociación social.
“El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez es un Currulao grande. El Petronio, es un Currulao gigante e inmenso. Es una fiesta que se hace para celebrar la vida y la libertad de los Afrodescendientes, pues es realmente un encuentro de los pueblos que se reúnen para cantar, bailar y gozar al ritmo de las músicas de marimba y de los cantos tradicionales” decía de forma vehemente y con mucha holgura, defendiendo una y otra vez, con una visión antropológica, práctica, creativa y crítica hacia una comprensión total, su creador el maestro Germán Patiño Ossa; él mismo que le dio forma y vida desde el inicio del concurso con la estructuración organológica-métrica-melódica y musical a las categorías de “Chirimía, Agrupación Libre y Violines Caucanos”; las que están estructuradas como mediaciones simbólicas que propician el diálogo, el encuentro a todo ese infinito murmullo de voces que alientan el alma de los ciudadanos del mundo a ser felices más allá de las ataduras del mundo del afán y la literatura Klinex de la postmodernidad mediática.
El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez es tan entrañable como el mismo mar Pacífico que ahonda con su musicalidad en la condición humana. El Festival profundiza en el despertar de una sensibilidad que apasiona y se autodescubre por la fuerza de los ritmos que hacen mover a propios y extraños en una gran fiesta del cuerpo y del alma.

Una fiesta que embriaga totalmente por la fascinante calidez de sus expresiones artísticas y culturales. Es una fiesta que nos hace trabajar colectivamente con el mismo amor que le tenemos a la grandeza de estas culturas.
El festival es una fiesta donde se encuentran y se respetan todas las etnias que en quinientos años no habían podido vivir este proceso multicolor y abierto al mundo.
El festival es un desafío en permanente reconstrucción, como lo argumentaba Alejandro Ulloa: “De cualquier manera los procesos sociales y las dinámicas culturales corren independientemente de nuestros deseos; pero los debates en torno a aquéllos y a éstas, son convenientes para saber dónde estamos. Si las interacciones se han de dar, como resultado del proceso, no podemos detenerlas, pero sí se puede mirar el pasado y evaluar el presente. La historia de la música popular de América Latina (incluida la del Pacífico) y el Caribe, es desde hace ya varios siglos, una historia de fusiones e interacciones entre ritmos africanos y géneros europeos, un encuentro desigual propiciado por la modernidad durante todo el siglo XIX y comienzos del siglo XX. Conociendo bien la tradición y la historia hay que involucrarse en una dinámica de búsquedas y rupturas, cultivando a la vez el folclor típico, divulgándolo y enseñándolo, mientras se desarrolla también la tendencia progresiva, experimental e innovadora que convergerá en un producto nuevo de excelente calidad. Y con él, penetrar en la industria con profesionalismo, entrar en el mercado pisando duro, tomarse la radio y la televisión, proyectarse internacionalmente, conquistar el espacio mediático y ganar el lugar que la región, la cultura y la música del pacífico se merecen en el concierto internacional del mundo globalizado”.
Ese es el desafío que tiene la organización del Festival, pues el comité conceptual debe tener una mente abierta que asuma con certeza y pertinencia el gran potencial cultural del Festival como el encuentro de las identidades, de los esfuerzos, de las mentes creativas y de los corazones eslabonados y enamorados de las músicas de Marimba y de los Cantos Tradicionales del Pacífico.
Se requiere comprender como la música y la danza en el Pacífico y desde el África siempre ha abierto espacios de búsqueda a la expresión humana. Comprender como propicia espacios de interacción y promoción entre el sujeto, las comunidades y el medio que les rodea.
Comprender como la danza y la música hacen que el ser humano tenga un encuentro consigo mismo y con los demás; son elementos fundamentales en cualquier proceso educativo y de comunicación y esas son las grandes bondades del Festival porque es un Festival que crea relaciones y permite muchas posibilidades de expresión, cada coro, cada estribillo permea la piel, explora en la sensibilidad, forja unas sensibilidades, se válida con mensajes, con dichos, es dinámico, produce entusiasmo, es sinónimo de alegría, se mueve con las manos, con el gesto corporal, potencia en el baile, el sentido de la danza y la música.
La danza del Pacífico es una fuente de ideas para la música, en tanto sus símbolos poseen figuras y significados; le otorgan representaciones corporales a los gestos, a las ideas, a los significados, a la imaginación y los sueños.

El Festival es un ritual y una representación sacra, una alegoría fundamental de la creación humana, por eso, es lo más representativo del pasado, lo vital del presente y lo que se proyecta hacia el futuro de la Humanidad.
Las culturas vitales de los pueblos del Pacífico logran crear una atmósfera contagiosa que es muy alegre y festiva. Es una atmósfera que nos envuelve y alimenta a todos los que asistimos a esta fiesta.
En cada oportunidad, en cada noche, pueden estar miles de seres humanos, que bailan y cantan con toda su alma unos coros eternos e inolvidables.
Ahora con los adelantos de las Tics, cada vez nos permitimos crear nuevas ventanas de redes sociales que hacen llegar y mostrar hasta el lugar más recóndito de la tierra: La gran Fiesta Afrodescendiente y Mestiza del Petronio, -la que consideramos para nuestros adentros, como El Currulao más grande del mundo, ese territorio soñado, libre, encantado, embrujado y definitivo, donde jamás podremos olvidar el revivir del gran Palenque que creó el Instituto Popular de Cultura con más de 200 parejas bailadoras haciendo respirar nuestro aliento al ritmo de los currulaos más recordados del mundo.
Igualmente, en el Festival Petronio está el complejo gastronómico, artesanal y manual del sabor, con las delicias afrodisíacas que endulzan el paladar de los seres amantes y amadores de los frutos del Mar de Yenmajá; que es el proceso que ha permitido conocer su gran legado gastronómico, sus productos tradicionales y las nuevas tendencias de su cocina típica e internacional, que ya genera una enorme y más que merecida redención económica en sus hacedores y hacedoras y a la vez, preserva el arte culinario del Pacífico, gracias a “su extremada sabiduría que todavía preparan las viejas cocineras…las que impartieron la bendición y derramaron el agua, pues en algo o mucho aportaron en componentes y condimentos, en sazón y sabiduría culinaria, con todo lo cual se ha obtenido esa peculiar fragancia y el característico sabor, del que todavía son insuperables” como decía Eugenio Barney Cabrera.
Recordemos perfectamente que desde allí ya están cimentados los clústeres de la renovada industria creativa y cultural, por ser enteramente gastronómica, artesanal y turística como la más pujante de la inmensa región con sus tradiciones, con sus empíreas, sus semejanzas y diferencias con el Caribe, desde ese enorme e inagotable espiral que viene de la matriz creadora de la madre África que cada vez más aparece en el horizonte, se agiganta y se reclama con la más hondura y libertad para recrear las verdaderas esencias que son visibles en una atmósfera imborrable que nos marca y seduce en miles de fragmentos, por sobre todo en la Memoria musical, por las polirritmias y por las polifonías imborrables.
Realmente es una atmósfera inolvidable que en cada canto, en cada poética de los temas que se cantan y se bailan, nos muestran a propios y visitantes como está viva y presente una de las más ricas maneras de expresión tan propias de los pueblos Afros que han creado estas culturas musicales tradicionales que se reúnen en torno del Petronio.
Son los Coros Celestiales que reventaron nuestras almas y nuestros tejidos, himnos del alma, y de la vida, que surgen de esas entrañas donde aprendemos de memoria que seguimos creciendo con la esperanza en un mundo mejor, que tenga acciones afirmativas de Humanidad y humildad, de grandeza espiritual y reconocimiento del Otro, para que pasemos por fin a vivir Cien Años de Alegría en el país de la canela y los albaricoques, porque son como los pretextos para seguir viviendo y poder contar la vida que nos toca en cada estrofa, en cada tonada de un bordón que refresque la Memoria: “Somos pacíficos, estamos unidos”, en un arrullo desbordante que se repite y nos deja unir en medio de todas las soledades con un espíritu que desea renacer más allá de la tragedia de la guerra: con la gran posibilidad de la vida en libertad gracias a la música.
Es y ha sido a través de estos diecisiete años del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez que se ha consolidado como un complejo proceso cultural que busca desarrollar, conservar y divulgar las músicas tradicionales de la región, que instauran unas novedosa e innovadoras relaciones y unas prácticas sociales que desde la dimensión simbólica y representativa son el eje cohesionador del tejido social regional que crea sentido de pertenencia, reivindica los valores y aportes de la etnia Afrocolombiana en la reconformación de la identidad nacional afrocolombiana.
El Petronio Álvarez, es un proceso de desarrollo cultural que tiene su mayor expresión durante los cinco días de la competencia de las músicas tradicionales. En él participan cientos de artistas que provienen de todo el país y en especial como afirma con mucho conocimiento la filósofa Noelba Gómez, una de las organizadoras, de la Fiesta eterna del Petronio: “El Petronio es más que un Festival: es un encuentro familiar, comunitario, musical y gastronómico; es una fiesta del país que convoca al reconocimiento del extenso territorio del Pacífico”.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA PARA LA PRODUCCIÓN DEL DOCUMENTO:
[1] Como lo anota Argemiro Cortés B. en el texto Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez: Patrimonio Cultural de Santiago de Cali, en una publicación de Alcaldía Santiago de Cali, 2009.
[2] Texto citado en las “Memorias de una fiesta pacífica, acerca del XIII Festival de Música del Pacífico PETRONIO ÁLVAREZ, compilado y dirigido por Carolina Romero Jaramillo © como una publicación de la Alcaldía Santiago de Cali, en el 2009 y cuya impresión fue realizada por Feriva S.A.
[3] Rebeliones y lucha por la libertad de Gustavo I. de Roux, Cali, 2012.
[4] “No hemos podido tener una mirada clara ni siquiera del Caribe, mucho menos respecto al Pacífico. Tanta ha sido la ausencia de una conciencia sobre el Pacífico, que se le llamó el “Litoral Recóndito” y continúa siendo el Litoral Recóndito… sigue siendo una tierra desconocida. Y no porque no estemos todos los días allá, sino porque nos limitamos a creer que son tierras ausentes del desarrollo de la cultura universal, y es todo lo contrario.” Conversaciones con Darío Henao en la revista Pacífico editada por la Universidad del Valle, © 2001.

[5] Las costas del Pacífico hacen parte de las zonas costeras, -que son los lugares donde el continente se une con el mar- e insulares del país comprenden doce departamentos: 8 sobre el Mar Caribe (Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, Guajira, Magdalena, Atlántico, Bolívar, Sucre, Córdoba y Antioquia) y 4 en el Pacífico (Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño). En estos departamentos se ubican los 47 municipios costeros e insulares en el país, los cuales ocupan el 7% del territorio continental nacional (68.357 Km2). Las zonas costeras concentran el 10% de la población del país, y cuentan con una riqueza étnica y cultural representada en la población mestiza, indígena, afrocolombiana, negra, raizal y palenquera que las habita. Para mayores detalles consultar DNP (2007). “Visión Colombia II Centenario. Aprovechar el territorio marino-costero en forma eficiente y sostenible”.
[6] Mí Pacífico, Décimas de Mar y Realidad de José Baltazar Mejía, Cali, enero de 1994, esta décima data de Junio 13,89. Las décimas son unas formas poéticas que son provenientes de España y constan de 10 versos octosílabos que tienen una rima obligada según la siguiente estructura: primero, cuarto y quinto versos, segundo y tercero, sexto, sétimo y diez, y octavo y noveno. Son muy cultivadas en el Caribe y en el Pacífico. José Baltazar como médico, cantautor e intérprete de la música folklórica latinoamericana, encontró en la décima la forma apropiada para hablar de ese mundo mágico, “irreal” que desborda las realidades y que los portadores de la palabra como los bogas logran desnudarle el aliento para capturar con el lenguaje las formas diferentes de hablar y sentir de sus comunidades.
[7] Los palenques fueron bastiones a través de los cuales los cimarrones lograron institucionalizar la resistencia a las imposiciones del régimen esclavista. En el siglo XVIII los palenques se situaron a lo largo de los valles formados por los ríos Cauca y Magdalena y se extendieron, pese a la severidad de las penas que se les imponían a los fugitivos cuando eran recapturados y a su persecución sistemática, por casi toda la zona esclavista de la Nueva Granada. Algunos se constituyeron matrices para el desenvolvimiento de sociedades relativamente autárquicas, con códigos y regulaciones propias para normar las relaciones sociales, hacer justicia y organizar la vida en comunidad; verdaderas poblaciones que albergaban más de un centenar de libertos y fugitivos que preferían la muerte antes de regresar con sus amos. Del trabajo Rebeliones y lucha por la libertad de Gustavo I. de Roux, © 2012.
[8] Los Afrocolombianos Frente a los ODM, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, es un estudio financiado por el PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAS PARA EL DESARROLLO PNUD en el que participó Gustavo de Roux como Investigador principal, con el apoyo de un EQUIPO DE INVESTIGADORES conformados por Andrea Tague Montaña – Género, Carlos Acosta Aponte –Asesoría Estadística, Carlos H. Fonseca Zárate –Sostenibilidad Ambiental, Carlos Jorge Rodríguez Restrepo –Salud, Clara Realpe –Apoyo Estadístico, Daniel Mera Villamizar -Educación, Lucía Mina Rosero –Pobreza; registrado en el ISBN: 978-958-8447-64-3y fue hecho su DISEÑO E IMPRESIÓN por www.codice.com.co

en el © 2012.

[9] Esfuerzos constitucionales y postconstitucionales realizados desde lo público para clausurar la brecha de Gustavo I. de Roux, © 2012.
[10] Ob. Cit. Pág.11.
[11] Ob. Cit. Pág. 11.
[12] La Deshumanización del Afrodescendiente: el punto de partida de Gustavo I. de Roux, © 2012.
[13] Ob. Cit. Pág. 11.
[14] Cartilla de Iniciación en músicas tradicionales del Eje Pacífico Norte, Al son que me toquen canto y bailo, Autor: Leónidas Valencia Valencia, Asistente de investigación: Ana María Arango, Asistente pedagógico: Luis Enrique Valencia Valencia; Plan Nacional de Música para la Convivencia, Calle 11 N° 5 -16 Bogotá, D.C. – Colombia, Teléfonos (+571) 2435316 – (+571) 2818840, plandemusica@mincultura.gov.co, www.mincultura.gov.co

, Primera edición, 2009 © 2009, Ministerio de Cultura, ISBN Obra completa: 978-958-8250-15-1, ISBN Volumen 4: 978-958-8250-65-6.
[15] Ob. Cit. Anteriormente.
[16] El Festival de la Marimba y la música del Pacífico, Saturnino Nino Caicedo Córdoba, Secretaría de Cultura y Turismo, Gobernación del Valle del Cauca, © 2008; Pág.16 y 17.
[17] Esta vez en el 2013, se llevará a cabo en septiembre por la celebración de la Cumbre Mundial de Alcaldes Afro que se reunirán en Santiago de Cali.
[18] Morín, Edgar, Los siete saberes de la Educación del Futuro, París, © 1999.
[19]
[20] Por el camino del Petronio… Por la ruta…del XIII Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez Memorias de una Fiesta Pacífica afuera, pág.27, 28

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