MEDELLIN ES UNA CUMBIA

Artículo y fotografía publicados en http://www.elpais.com/ diario de España.

Ocho mil participantes y 250 artistas se dan cita en la ciudad colombiana dentro del Congreso Iberoamericano de Cultura, dedicado este año a la música
IKER SEISDEDOS – Medellín – 03/07/2010

Es muy probable que no haya nada más bajo en la escala de la evolución sonora que un himno nacional, sea el que sea. Y, sin embargo, las trompetas del de Colombia fueron las primeras notas que se sintieron en el Congreso Iberoamericano de Cultura. En su tercera edición y hasta mañana se dedica en Medellín al a ratos sublime, siempre inasible e inagotable asunto de la música.
Por suerte, la ilusión de oficialidad terminó con la cacofonía de abucheos y silbidos con la que un auditorio de centro de convenciones de unas tres mil personas recibió el discurso inaugural del presidente en funciones y orador ilusionista Álvaro Uribe: «Colombia ha permanecido unida a lo largo de su historia y a pesar de la violencia gracias a la cultura», dijo. Y quedó abierta una cita que ha convocado a 8.000 participantes en 170 eventos (entre charlas, mesas redondas y conciertos) y cuenta con la participación de más de 250 artistas.
Faltaba poco para que Puerto Candelaria, una de las bandas más relevantes de esa revolución iconoclasta colombiana que llaman cumbia underground y en cuyos inicios estuvo Eka, que también cantó, proclamase sobre ese mismo escenario el advenimiento de un saludable «desorden», concepto escasamente uribista. Fue hacia el final de un concierto de presentación que sirvió de viaje por la riqueza sonora de Colombia, con paradas en la negrura del palenque, la melancolía de la música llanera o la aguda emoción del vallenato.
A eso precisamente está dedicado tanto alarde organizativo; a remontar un inabarcable río musical que parte de Los Algodonales, en el cielo norte México, desemboca en la Península Brunswick, abismo meridional chileno, y recibe afluencias portuguesas y españolas. Y eso que hasta el momento la aportación peninsular no ha pasado de testimonial: quién sabe si porque un asunto ministerial dejó a Ángeles González-Sinde indispuesta para viajar a Medellín o porque a la legación artística española (Antonio Carmona y Rosario) no se la espera hasta hoy.
Las conclusiones hasta el momento dejan claro que la música latinoamericana resulta de la gozosa suma de tres influencias: la europea, la indígena y la africana (hay una notable exposición traída por el SEACEX español al Museo de Antioquia que refrenda esta tesis). También, que el musical es un sector en una encrucijada de adversidades y virtudes y que la profesión, sobre todo la sección folklórica, se caracteriza por su «resistencia» (así se comprobó ayer en una madrugadora mesa redonda con la cantautora afroperuana Susana Baca).
Quedó igualmente demostrado que el público colombiano es uno de los más agradecidos e informados que quepa imaginar. Las conferencias se llenaron incluso cuando quedaron enfrentadas en directa competencia con el Mundial («estamos tristes por no participar», admitió el alcalde Alonso Salazar, «pero metemos goles con Juanes y Shakira») o cuando la violencia que azota la región devolvió a los congresistas la tozuda realidad.
La masacre, en la madrugada de ayer y por asuntos de narcotráfico, de ocho personas en una discoteca del vecino municipio de Envigado añadió algo de tensión al encuentro. Y poco más, porque cuesta imaginar un despliegue policial más apabullante como el exhibido en el congreso. Hay mucho en juego; Medellín confía a eventos como éste (o los recientes Juegos Suramericanos o la próxima Bienal Iberoamericana de Arquitectura) la demostración definitiva de que la ciudad ha superado los traumas de los 90, cuando el Estado casi claudicó ante el empuje del narco y Pablo Escobar campaba a sus anchas como el vecino más famoso.
Esas ganas de normalidad se habían citado en la noche del jueves en el primero de los tres conciertos multitudinarios y gratuitos que pretenden acercar el congreso al pueblo. Con permiso del inteligente cantautor uruguayo Jorge Drexler y del rockero argentino León Gieco, un ensimismado Silvio Rodríguez protagonizó una velada que congregó a unas 30.000 personas. Hacía 25 años que Rodríguez no comparecía en Medellín. Y el público reaccionó con fervor, hasta el punto del conato de disturbio, cuando las vallas de seguridad cedieron ante el empuje de los jovencísimos aficionados.
Después, los conciertos (especialmente el de ayer, de Los Van Van) dejaron paso a la noche medellinense, a los locales de salsa donde la música de Ismael Rivera es un asunto serio y uno puede discernir la procedencia de los bailarines (de Cali, «ciudad salsera», del propio Medellín o de Bogotá) por el modo en el que (asombrosamente) mueven los pies.
El ejercicio que se antojó la puesta en práctica de la estimulante palabrería diurna. ¿Y de qué se habla? Desde disquisiciones sobre la sempiterna crisis musical hasta asuntos de severa melomanía, como escuchar a la líder de Aterciopelados Andrea Echeverry hacer justicia al veterinario, cantautor y originador de la carranga colombiana Jorge Velosa. O al escritor colombiano David Sánchez Juliao sentenciar: «Nos quitaron la historia de América Latina; pero nunca lograrán arrebatarnos la música».
La cosa continúa hoy con más charlas, encuentros y conciertos. A cuyo término, no estaría de más, deberían surgir conclusiones prácticas o, por qué no, políticas comunes de la defensa de un patrimonio tan inmaterial como imprescindible.
Sea como fuere, quedará a los asistentes el consuelo de haber hablado incansablemente de música, ya se sabe, algo tan contradictorio como bailar de arquitectura. Un símil que, como todas las frases demasiado redondas y repetidas, tiene varias paternidades. Como recordó el brillante crítico argentino Diego Fischerman, cuentan que dijo Elvis Costello que dijo Frank Zappa que la acuñó Thelonious Monk.

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