GENERAL

RECORDANDO A BLAS EMILIO ATEHORTÚA

El maestro Blas Emilio Atehortúa se negó a ser un violinista del montón para destacarse en el terreno de la composición. Antes de llegar a la mayoría de edad, las cuerdas comenzaron a ser insuficientes para satisfacer sus necesidades artísticas. Quería desafiar lo establecido y vencer a pulso las fronteras, pero contaba tan sólo con las posibilidades otorgadas por el dominio de instrumentos como el violín y la viola, herramientas insuficientes en ese entonces para abonar el camino hacia su consolidación musical. Después de algunos tropiezos, encontró que la noción popular que establece la creencia de que el papel lo aguanta todo, era una verdad a medias porque la partitura exige de su creador verdad, compromiso y autenticidad.

En los pentagramas que tiene en frente en todo momento aparecen fragmentos de su historia. Saltan y fluyen sucesos de la vida y muchos de ellos dicen ‘presente’ a pesar de estar radicados en su inconsciente. Por simple arte musical han aflorado influencias sefardíes dado su ancestro. Los apellidos Atehortúa y Amaya corresponden a sus padres adoptivos, por eso el compositor tiene en sus afectos a tres mujeres a quienes considera como progenitoras. Una es su madre biológica, otra es la persona que se encargó de su crianza (Gabriela Amaya de Atehortúa) y la última (Conchita Cujar de Bermúdez) lo impulsó a continuar sus estudios musicales cuando llegó a Bogotá procedente del Instituto de Bellas Artes de Medellín.

Blas Emilio Atehortúa nació el 22 de octubre de 1943 en el municipio de Santa Helena, Antioquia. Tanto en ese lugar como en la población cercana a Barbosa se despertó su curiosidad artística, y aunque pensaba que podía desarrollarse como integrante de una orquesta figurando en el área de las cuerdas, algo le indicaba que tal vez ese atril instrumental no era el más indicado para él. Por momentos se percibía encerrado en la madera de su violín o de su viola, pero no entendía muy bien qué era lo que le estaba pasando y en dónde radicaba su inconformidad. Fue en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, donde alguien por primera vez le insinúo que la composición y la dirección orquestal podían alimentar mejor sus intereses genuinos.

A los 16 años, Atehortúa hizo el cambio. Después se encontró con el estoniano Olav Roots (1910-1974), quien se convierte en uno de sus grandes maestros. Su influencia no está determinada por el concepto de la armonía ni por la técnica para guía por el sendero de la emoción a los demás músicos. La importancia de Roots en la actividad del compositor colombiano está marcado por sus enseñanzas más allá del poder mágico de la batuta. Gracias a él consiguió hallar a los artistas muchas veces escondidos detrás de su instrumento, pudo entender sus historias y supo resolver la ecuación para multiplicar sus potencialidades en beneficio del colectivo.

Mediante una beca conjunta, otorgada por las fundaciones Di Tella y Rockefeller, complementó su formación en el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto Torcuato Di Tella en Buenos Aires, a partir de 1963. En Argentina, Atehortúa conoció a Alberto Ginastera (1916-1983), quien le mostró el camino para plasmar sobre el papel ideas complejas con grandes orquestaciones. Con la tutoría del maestro, comenzó a pensar con más ambición dejando a un lado los aires tradicionales del continente para meterse de lleno en la universalidad de la música.

Ginastera y otras influencias que fueron apareciendo durante su proceso, como Olivier Messiaen (1908-1992) y Aaron Copland (1900-1990), lo instruyeron incluso por fuera del arte de las notas y le colaboraron en la estructuración mental para entender que la música no es el lenguaje universal, sino el idioma genuino y que, además, su poder es ilimitado. Tanta es su fuerza, que ha hecho que Blas Emilio Atehortúa tenga en su haber alrededor de 200 composiciones, entre obras orquestales, piezas para formatos de cámara y canciones.

Bandas sonoras como las de la película Edipo Alcalde y la serie Los pecados de Inés de Hinojosa también forman parte de su creación. Actualmente el compositor es una de las piezas claves dentro del Sistema de Orquestas en Venezuela, donde está radicado hace algunos años por invitación del maestro José Antonio Abreu.

En alguna oportunidad el violenchelista ruso Mstislav Rostropóvich le encargó una versión para su instrumento de El día que me quieras, de Gardel y Lepera. Tal vez la razón para pensar en el colombiano era que necesitaba no a un compositor, sino a un ser humano capaz de convertirse en un artesano de la partitura, y Blas Emilio Atehortúa fue capaz.

Artículo publicado en www.elespectador.com