CHOPIN, UN ROMANTICO MUY A SU PESAR

Este año se celebra el bicentenario del nacimiento del compositor
que hizo del piano un instrumento que imita la voz.

Medía 1,70, pesaba 45 kilos y tosía constantemente, una fragilidad muy del gusto romántico pero exclusivamente física, porque Chopin, único compositor que sólo ha tocado un instrumento, era un clásico que aborrecía la exhibición, el exceso y la «ordinariez» de sus coetáneos.

Se cumple en 2010 el bicentenario de su nacimiento, pero sin que esté claro el día de invierno que vino al mundo, porque su aldea, Zelazowa Wola, a 60 kilómetros de Varsovia, era «gélida» y él un bebé «enclenque», y por eso es probable que sus padres esperaran «un poco» «a ver qué pasaba», explica el músico español Luis Noanin, especialista en el pianista polaco.

Por lo tanto, aunque su nacimiento se conmemora el 1 de marzo, el músico bien pudo ver la luz, como sostienen algunos estudiosos, el 22 de febrero, aunque él jamás tuviera la certeza de la fecha y así lo lamentara en cartas a sus amigos.

Noain, pianista, profesor del Conservatorio Amaniel, de Madrid y docente asociado de la Universidad Complutense, también de Madrid, cree que la obra de Chopin -que abandonó Varsovia el 1 de noviembre de 1830 «para nunca más volver» – se ha «distorsionado» porque se ha hecho de él un romántico, «mucho más allá de lo que él pudo ser».

La etiqueta, resuelve Noain, le viene por el «affaire» con George Sand, «una cuentista en el mejor y peor sentido de la palabra»; y por su físico y su imagen de «dandy lánguido», que él cultivaba por «esnobismo» y gusto por la alta sociedad, pero, «sin duda» , era más «un cortesano», «con mayordomo y todo», que un romántico.

En contra, Noain sostiene que el músico, que vivía en París desde que abandonó Varsovia, habría sido «muchísimo más feliz» en el siglo XVIII que en el XIX; que detestaba leer, al contrario de los románticos -Schumann y Berlioz escribían «y mucho» -; y que odiaba aún más escribir: «la pluma quema mis dedos», decía.

Igual que detestaba lo que consideraba una «ordinariez» de los «manifiestos» románticos, le cautivaba la mesura y contención de Bach y de Mozart, su proporción, equilibrio y limpieza, prosigue Noain.

Frédéric Chopin -muerto en París el 17 de octubre de 1849- «iba de artista más que de músico, porque el músico en el XIX estaba en la cosa heroica de no comer, de padecer, y él, en cambio, quería vivir bien y tener la compañía de la sociedad adinerada, cosmopolita y educada».

Lo que sí le hacía «muy romántico», «malgrè lui» (a su pesar), es que era un hombre «muy vehemente, casi violento, pero a la vez empeñado en domesticar esa intensidad con la razón, tanto en lo musical como en lo personal».

Su relación con Georges Sand, una «lianta», según Noain, termina «fatal» con la «excusa» de «complejos temas familiares» como la oposición a la relación de una de las hijas de ella -él no tuvo hijos-, pero en realidad fue porque la escritora estaba «muy cansada» de ese «tiquismiquis» al que «todo le molestaba».

Chopin, subraya, escribió sus mejores obras estando con Sand, que le ofreció su casa -en Nohant, centro de Francia- y se ocupó de toda la logística de su vida, como lo hizo durante su famosa estancia en la Cartuja de Valldemosa (Mallorca, España) , donde vivieron entre 1838 y 1839.

El mayor valor de Chopin, el único compositor en la historia que se ha dedicado sólo a un instrumento, es que hace del piano un instrumento que imita la voz, con notas que parecen «sopladas al oído, como perlas de agua» , y del virtuosismo un valor en sí mismo, al servicio de la expresión, detalla Noain.

Su música, añade este experto, es muy sofisticada, con líneas melódicas que hacen un circunloquio para estilizar su perfil, y lo que es «genial» en él es que «nada se queda en la superficie: es apasionado, violento por momentos, como un prestidigitador que con una mano enseña lo emotivo, lo intenso, y con la otra todo lo sofisticado».

Por ejemplo, en sus «Estudios», cita Noain, alarga la dificultad técnica y disminuye la profundidad, de forma que «lo que te pone en los dedos te lo quita del corazón», pero hace todo lo contrario en sus «Preludios».

Aúna, añade el músico español, la proporción, la contención y los valores del clasicismo con una expresión apasionada, y eso no ha sido superado.

Concha Barrigós / Efe | Elespectador.com

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