Desde el foso: ¿Hay vida después de Escalona?

Tras la muerte del legendario maestro, un balance del vallenato clásico y de cinco grandes autores vivos

Rafael Escalona -qué duda cabe, como dice un amigo mío- ha sido la más grande figura de la música vallenata. Él fue el creador de un mundo que reunió en forma inolvidable ritmos, historias, personajes, colores, paisajes, ambientes, lenguajes y texturas. Los cantos de Escalona dieron la vuelta al mundo, impulsaron el vallenato y lo condujeron al sitio de símbolo musical colombiano que hoy ocupa. Su imagen de compositor popular desbordó las parrandas, los discos y las casetas; fue materia de cientos de artículos de prensa, libros, tesis de grado y una serie de televisión.

Escalona se hizo verbo y el verbo se hizo mito cuando pasó a formar parte del elenco de personajes de Cien años de soledad.

El 13 de mayo del año pasado, a los 82 años, el maestro Escalona falleció en Bogotá. Muchos piensan que ese día terminó la historia del vallenato.

Pero no es así. Después de concederle toda la gloria que le cabe y que merece, es preciso decir que hay vida después de Escalona. Parecería que no es así si uno se limita a oír los horripilantes paseos comerciales que inundan las ondas de radio: llorosos, quejumbrosos, rancherosos, bolerosos, tangosos, baladosos, predecibles, gastados, escritos con veinte palabras y ayunos de todo sentimiento auténtico.

Por fortuna, detrás del resplandor de Escalona perviven no pocos compositores grandes, autores de memorables cantos y firmes herederos de la tradición creativa que nació con Francisco el Hombre y engrandecieron -¡almas benditas!- Juan Muñoz, Chico Bolaños, José Antonio Serna, Samuelito Martínez, Francisco Rada, Freddy Molina, Adriano Salas, Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Emiliano Zuleta, Carlos Huertas…

Voy a mencionar en este espacio solamente a cinco de ellos, aprovechando que dos recibieron homenajes recientes en el Festival de las Artes de Barranquilla y el Hay Festival de Cartagena. Existen más figuras vivas, algunas legendarias, como Lorenzo Morales, Gustavo Gutiérrez y Pablo Flórez. Pero estas cinco forman una mano poderosa.

Mientras haya compositores capaces de inspirarse de manera genuina en el amor, la muerte, la naturaleza, las historias divertidas y tristes del prójimo y sus propias alegrías y dolores, el vallenato seguirá tan vivo como lo dejó Rafael Escalona.

Que no nos quiten lo bailao

Rafael Campo Miranda recibió por fin el homenaje que le adeudaba el país. Fue en enero pasado, durante el Festival de las Artes, de Barranquilla, cuando el público del Teatro Amira de la Rosa ovacionó a este compositor de 91 años nacido en Soledad (Atlántico), al que los colombianos debemos muchas horas de bailoteo y regocijo.

Campo Miranda es el último supérstite de los grandes autores de porros de orquesta, tradición a la que pertenecen figuras legendarias como Luis Carlos Meyer (Micaela), Crescencio Salcedo (Mi cafetal, La múcura), José María Peñaloza (Se va el caimán), Pacho Galán (Boquita salá) y Lucho Bermúdez (Carmen de Bolívar, San Fernando).

Son muchos años de música caribe. Uno de sus porros más conocidos, Playa, brisa y mar, ya casi cumple 70 años. Otro clásico suyo, Lamento náufrago, pasa del medio siglo. Espérame entre palmeras cumplirá sus Bodas de Oro en el 2014. Aparte de un buen número de porros, Campo Miranda ha compuesto boleros, fandangos, cumbias, paseos vallenatos y una interesante mezcla de merengue y joropo que se hizo famosa con El pájaro amarillo, pero también le sirvió para marcar el ritmo a Nube viajera y La cometa.

Músico de conservatorio y de parranda, ha sido profesor de varias generaciones de barranquilleros a través de su academia y maestro de sus hijos, todos ellos dedicados a la profesión de su padre. Pero, sobre todo, ha dado de bailar a mucha gente durante mucho tiempo, pues su obra ha sido difundida por varias de las principales orquestas latinas. Entre ellas la Billo’s Caracas Boys, los Melódicos y la Sonora Matancera.

Cuando Matilde camina

Leandro Díaz nació en 1928 en Barrancas, Guajira, y desde la cuna perdió la vista. Tras una infancia que sus cantos evocan como triste y solitaria, se dedicó a componer y cantar. Para ello fue clave un encuentro con Chico Bolaños, autor de Santa Marta tiene tren, que marcó su vida para siempre. La conoció en 1937 en casa de su abuela, en Hatonuevo, y el niño quedó maravillado con la posibilidad de expresarse a través de la música.

Así lo dice en uno de sus cantos autobiográficos, La historia de un niño:

Y cuando fue adolescente
vivía cantando canciones
llevando sus emociones
al corazón de la gente.

Convertido en juglar ciego -lo que hace inevitable la comparación con Homero-, recorrió muchos caminos y se volvió enamoradizo. Sus cantos reflejan los hechos de esos amores, tanto los que idealizó -La diosa coronada- como los que fueron felices -Matilde Lina- y los que terminaron mal: Carmencita.

A pesar de que sus ojos nunca pudieron enseñarle el mundo que lo rodea, tiene de él una idea tan clara que a veces parece que puede ver. Así, ha descrito la primavera y el verano como pocos pudieron hacerlo. Es, además, un compositor profundamente original. Su paseo Dónde recorre los principales pueblos de la región vallenato-guajira y en el merengue Los tocaimeros pasa revista a todos y cada uno de los habitantes de la aldea de Tocaimo. En ambos casos aparece la mano del poeta enamorado: en el primero justifica el recorrido en la búsqueda de una muchachita y en el segundo acaba confesando que en el pueblo vive una viuda «que Leandro se muere por ella».

Padre, hermano, abuelo y tío de músicos, los Díaz son una familia que vive en función de los cantos y los acordeones. Ivo, hijo de Leandro, es quizás la mejor voz del vallenato; y su hermano Urbano, ciego como él, ha dejado varios paseos llenos de sentimientos o de humor.

Leandro y los suyos fueron objeto de un gran homenaje en el Hay Festival de Cartagena hace algunas semanas. Ya García Márquez le había hecho el suyo cuando incluyó como epígrafe de El amor en los tiempos del cólera dos versos de Leandro: «En adelanto van estos lugares/ ya tienen su diosa coronada».

Vino un trago y vino el otro trago

Aquí hay una gran injusticia. Son mucho más famosas sus canciones que él. Pero en el mejor repertorio vallenato no pueden faltar varios paseos y merengues de Julio Herazo Cuevas, como Rosalbita, Hace un mes, El caballo pechichón y, sobre todo, Compae Chemo, esa joya que enlaza cuatro melodías distintas y dos ritmos diferentes:

Tengo pena con compadre Chemo,
tengo pena porque yo no fui
a su fiesta de ese 2 de enero
y con tanto que le prometí…
(Paseo)

Me perdona, pero fue que yo
el día 1º., pa’ sacá el guayabo,
fui ‘onde Alirio y me tomé unos tragos
y el guayabo no se me pasó:
vino un trago y vino el otro trago,
y ahí quedé, sacándome el guayabo…
(Son)

También ha compuesto boleros, fandangos, como La pata pelá, tangos (Lejos de ti) y bambucos (El pañuelito).
Herazo, nacido en Barranquilla en 1929, se considera a sí mismo oriundo de Guamal, Magdalena, donde se crió. Fue miembro del trío Caribe, los Corraleros de Majagual y la orquesta de Pacho Galán.

Aunque muchas de sus obras son interpretadas internacionalmente, ha sido un tipo discreto, de pocas entrevistas y escaso protagonismo. Por eso su nombre suena menos que sus canciones. Pero en el mundo de la música popular colombiana no hay quien ignore quién ha sido Julio Herazo.

¿Qué será lo que quiere Calixto?

Mama, ¿qué será lo que quiere el negro?

Posiblemente hay pocos fragmentos de la música popular colombiana tan recordados, citados, cantados y aludidos como esta picardía de El africano. Pero, ¿cuántos saben que su autor, Calixto Ochoa Ocampo, capaz de divertimentos como este, es uno de los grandes compositores del vallenato canónico?

Algunas de sus obras son clásicas, más que canónicas. Por ejemplo: Lirio rojo, compuesto en 1952, es tan sólida en la historia del paseo vallenato como la Quinta Sinfonía de Beethoven en la historia de la música culta. Por eso le ha dado la vuelta al mundo en los discos de Carlos Vives y de otros intérpretes:

Yo tenía mi lirio rojo bien adornado
con una rosita blanca muy aparente,
pero se metió el verano y lo ha marchitado:
por eso vivo llorando mi mala suerte.

Calixto Ochoa nació en Valencia de Jesús, Cesar, en 1934 en pobres condiciones («Yo recuerdo que mi madre, cuando yo estaba pequeño / con sus trajecitos viejos me hacía mis pantaloncitos»). Desde niño se aficionó a la música y aprendió el arte de los botones tocando el acordeón de sus hermanos. A los 19 años se fue de la casa paterna, llegó a la región del Gran Bolívar y se quedó a vivir en Sincelejo. Luego de trashumar por varias agrupaciones, formó parte de los famosos Corraleros de Majagual. En 1980 el Festival Vallenato le coronó como Rey del Acordeón.

Hombre de mucha música y, como queda dicho, de muchos recorridos («Después salí a rodar tierra sin fin/ dejando sola mi tierra natal»), ha incorporado a sus notas tonos y ritmos recogidos en otras latitudes de la costa colombiana. Los sabanales es un paseíto de sonidos típicos de la música sabanera y El humanitario sorprende por sus largas notas de acordeón, extrañas a las que caracterizan a los intérpretes del Cesar.

Su especialidad han sido los retratos femeninos. Son famosos sus paseos Diana y Martha, pero la lista de mujeres que le han inspirado cantos es más larga: La China, Irene, Norma, La llanerita, Muñeca Linda, La ombligona, Norfidia… El merengue Ay, Marily está dedicado a una muchacha que conoció cierto sábado y a la que envía un mensaje de amor. Poco después de grabarlo se entera de que la joven murió, y entonces le dedica el sentidísimo paseo Marily:

Le hice un disco a Marily
con aprecio y con cariño.
Pero esta noticia recibí:
que hace pocos días
había fallecido.
Para mí no existe la alegría
desde que supe la muerte de ella.

El hombre de El Mochuelo

Adolfo Pacheco tiene tres canciones donde cuenta su niñez en San Jacinto (Bolívar), su juventud de estudiante en Cartagena y su efímero paso como universitario en Bogotá. En ellas nos enteramos de que lo bautizaron en la iglesia de su pueblo y que «dice en sellado papel»:

«Yo, reverendoTrujillo,
bauticé a un Pacheco Anillo
de nombre Adolfo Rafael.
Como párroco doy fe,
número y folio dan cuenta;
renglón seguido comenta
que nació en hogar cristiano:
ocho de agosto del año
mil novecientos cuarenta.»

También sabemos que fue alumno de primaria de Pepe Rodríguez («donde mejor se consigue ser un niño aprovechado») y más tarde «bachiller orgulloso» del colegio Fernández Baena, de Cartagena. Trabajó luego como profesor de matemáticas, aprendió formalmente las normas de la rima y la poesía («no las recogí del suelo»), hizo breve carrera política y se graduó de abogado a los 43 años.

Nada de esto es especialmente importante, sin embargo. La grandeza de Adolfo Pacheco nace de su música. Aunque es buen guitarrista y ha grabado varios discos con su voz, el talento que en él sobresale es el de compositor. Un compositor talla XL, digno de ocupar lugar preferente en ese altar al que solo ascienden Escalona, Leandro, Emiliano Zuleta, Alejo y unos pocos más.

Pacheco lo hace con su música de acento bolivarense, muy distinto a las pautas establecidas en Valledupar, donde se le ha visto dispuesto a defender los sonidos de acordeón de su región, tan próxima a los melancólicos tonos menores de la cumbia. Su posición rebelde le costó más de un disgusto con los organizadores del Festival Vallenato. Pero el éxito de sus cantos superó trabas y polémicas. Con La hamaca grande conquistó el Festival y con una veintena de merengues, paseos, cumbias y sones logró la gloria nacional y la fama internacional.

De El viejo Miguel se ha dicho que es el mejor merengue vallenato jamás compuesto. Pacheco, modestamente, solo acepta que «ese me quedó bien». Pero también le «quedaron bien» El mochuelo, El tropezón, El cordobés (convertido en himno de los galleros), Mercedes, El bautizo, La diabetes de Carmelo, El mensaje, Cuando lo negro sea bello, Me rindo, majestad, La consulta y un puñado de vallenatos narrativos entre los que se destacan las historias de Gallo bueno y La babilla de Altamira.

Con Adolfo Pacheco en plena inspiración, como lo demuestra una de sus últimas composiciones -El machismo del abuelo-, hay vallenato para rato.

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Por Daniel Samper Pizano

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