ASÍ SE MUEVE EL CHOCÓ

Artículo publicado por www.elespectador.com

En el Pacífico nace la danza

Así se mueve el Chocó

Por: Sara Araújo Castro / Enviada Especial, Nuquí
Durante tres semanas el bailarín Nemecio Berrío trabajó con comunidades de Nuquí. El Espectador fue testigo de su proceso artístico.

Fotografía de Andrés Vélez, de El Espectador

“A mí no me quiere nadie, sólo me quiere mi madre. / Y yo como soy morena, a mí no me quiere nadie”. La voz negra de Cruz, ronca y potente, llena el aire. Detrás de su canto, de ese lamento ancestral, siguen las voces de las otras 30 mujeres que decidieron formar parte del taller que Nemecio Berrío ha estado dictando durante 20 días en Coquí, corregimiento de Nuquí, en Chocó.

Nemecio viene de Cartagena. Contrario a lo que cantan estas mujeres, a él aunque es moreno se le han abierto muchas puertas por la danza, el don con el que fue bendecido. Entre esas, las del alma de estas amas de casa chocoanas que se atrevieron a dejar hablar su tradición y sus cuerpos al ritmo que imprimió Berrío.

A este negro, de espalda maciza y andar liviano, la danza le llegó, según cuenta, como esos amores que son para siempre: tarde y por casualidad, pero con determinación, ya pasados los 20 años cuando estudiaba contaduría. Gracias a su maestro Wilfran Barrios no faltó mucho para que se convenciera de que había nacido para bailar y, gracias a las enseñanzas de Álvaro Restrepo y Marie France Delieuvin, faltó menos para que se empeñara en construir una lengua propia a través de sus gestos. Un idioma que habla con sus miembros y que evoca lenguas ancestrales africanas. Que encuentra vocablos comunes en las aguas y los cielos grises del Pacífico.

Entre la fuerza de la naturaleza chocoana y el poder de mujeres y niños de Joví y Coquí —los pequeños caseríos a donde vino a intercambiar su experiencia por invitación de la Fundación Más arte, más acción— Berrío retoma un trabajo que inició en Senegal hace casi un año y que el bullicio de Cartagena le tenía pasmado. La propuesta de Fernando Arias, director de la Fundación y del programa de residencias Plataforma Chocó, era imposible de rechazar, pues le permitía darle continuidad a un proceso cuyo promotor había sido casualmente el mismo Arias.

“Todo esto empezó cuando mamá Germaine le habló a Fernando del taller que tenía para bailarines africanos y de la diáspora en Dakar (Senegal). Él, quien me había conocido en un evento del Ministerio de Cultura, le habló de mí y terminé conociendo el trabajo de L’Ecole des Sables, que dirigen Germaine Acogny y Helmut Vogt”, explica Berrío. Así fue como llegó al trabajo de la bailarina senegalesa Acogny, quien ya ha desarrollado la estructura de una técnica para la preparación corporal en danza con carácter africano. “Este es mi camino artístico y la gente tiene un papel fundamental, porque para mí el arte no es virtuosismo y fama, sino la vía para escudriñarse y llegar a los demás”, de ahí nació un solo de danza que quedó a mitad de camino entre Dakar y Cartagena, pero que renació gracias a la quietud salvaje del Pacífico.

“Aquí el aire, las piedras, todo se mueve”, y mientras Nemecio habla pareciera que la arena cobrara vida y se desplazara. Son cientos de cangrejos hermitaños que caminan hacia el mar, “todo en el Chocó vive, todo se mueve. Esto ha despertado otra vez mi fuerza creativa”, concluye. Tras un recorrido en lancha volvemos a Coquí, donde una treintena de muchachos lo esperan en total arrebato. Como un flautista de Hamelin, canaliza la energía caótica en cantos y ejercicios que los niños repiten en su camino a casa. Nemecio los observa y aprehende su gestualidad, pues su búsqueda apunta a encontrar el carácter del movimiento en la cultura, en lo cotidiano.

Para embeberse en la cultura chocoana ha estado días enteros trabajando también con las mujeres, acompasado por el agua de las cascadas, frente al mar. Momentos de danza y canto que se mezclan con historias personales, con la preparación de un buen pescado en la playa. La sensibilidad de lo cotidiano, repite el artista.

Ellas, que dedican sus días enteros a maridos e hijos, que se entregan al servicio, por una vez en mucho tiempo cierran los ojos para cantar en un murmullo los versos que entona Cruz, la voz líder. Las demás se contonean y revelan sus dolores, sus temores en movimientos que expresan opresión, angustia, liberación, sensualidad. “Son movimientos nuestros, pero con Nemecio los organizamos de otra forma”, dicen ellas al final de la tarde.

“Al blanco lo hizo Dios, al negro lo hizo el aire/ y yo como soy morena, a mí no me quiere nadie”, los muchachitos golpean con fuerza los tambores, las mujeres repiten una y otra vez la secuencia de movimientos hasta que sólo queda el gesto de la canción.

Luego, entrada la tarde, Nemecio interpreta su solo a orillas del mar, y ahí en su cuerpo es posible leer esta y las otras estrofas que antes cantaron Cruz y las mujeres de Coquí. La ligereza de su cuerpo por momentos evoca al viento. Este es el proceso de creación, así es como un artista escudriña el alma de la gente y el lamento de un pueblo se convierte en danza. Y nosotros, por una vez, hemos sido testigos de ello.

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