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A MODO DE RETRATO: LUIS CARLOS GONZÁLEZ

Por Jaime Rico Salazar / Publicado originalmente en Eje21.com

Creo que con su sencillez y su  modestia no se imaginó nunca Luis Carlos González Mejía que su trayectoria en la vida iba a ser tan importante para el cancionero colombiano. Porque sus versos han acompañado las trayectorias de nuestras vidas al confundirse melódicamente en sentidos y hermosos bambucos que permanecerán en el recuerdo de muchas generaciones. Fue el poeta de la canción colombiana que enalteció la vecinita, la ruana, las viejas fondas, los arrieros, el aguardiente, la madre labriega, los caminos de Caldas y cuántos detalles más quedaron consignados en sus sencillos, pero hermosos versos.

Y nunca se creyó poeta, decía simplemente que era un versificador, porque él nació así con esa rara condición. Tenía encuadrado en su pensamiento el soneto, la poesía surgía en él en la medida en que hablaba, las metáforas le fluían con una facilidad asombrosa sin ningún esfuerzo literario. Por esas razones él consideraba que como era tan fácil hacerlo, no tenía tanta importancia y como hizo de la modestia y de la sencillez una oración, su vida siempre fue elemental, sin complicaciones.

Luis Carlos nació en Pereira el 26 de septiembre de 1908 en el hogar que formaron don Florentino González Mejía y doña Ana Francisca Mejía Jaramillo. Las calles pereiranas lo vieron recorrer su infancia y en el colegio Deogracias Cardona cursó los años de primaria. En uno de sus versos anotaba: “aprendí a contar ladrillos con María Rosa Tejada. Edelmira Ormaza nada pudo enseñarme de canto, y don Deogracias, en tanto, me hizo aprender, hasta el fin, los versos de Marroquín y el bochinche de Lepanto…” Algunos años de la secundaria los hizo en el colegio de La Salle en Bogotá en donde fue condiscípulo de Carlos Lleras Restrepo. No fue un alumno brillante, según su modesto decir y le fastidiaba estudiar los clásicos de la literatura. Sus condiciones innatas para versificar no tuvieron por lo tanto escuela o asimilaron influencias literarias de ningún poeta.

En el examen final de la clase de Literatura, me contaba, se sintió perdido cuando leyó el cuestionario y se dio cuenta que nunca pasaría la materia con lo que tenía en su memoria para contestarlo. Y se le ocurrió una idea brillante. Le propuso al profesor que le cambiara el test y que a cambio le escribiría un poema, con el tema que él le propusiera y la extensión que quisiera. Y le aceptó la propuesta. Por esa circunstancia pudo aprobar la materia.

Al morir trágicamente su padre, en 1924 regresó a Pereira y se hizo cargo de la administración de los bienes que dejó. Además trabajó como tipógrafo, fotógrafo, operador de cine, cajero de banco, empleado de la Alcaldía, radiodifusor y Gerente de las Empresas Públicas de Pereira y a pesar de contar con el servicio de un automóvil, acorde a su posición, nunca lo quiso utilizar para su beneficio personal y recurría al modesto bus que lo llevaba y traía de su casa a la oficina, como cualquier empleado.

En Pereira formó su hogar con doña Carola Villegas de Abejorral y vieron crecer tres hijos excelentes: Marta, Fernando y Eduardo.

Sus momentos de esparcimiento los vivió en el cafetín El Páramo, en el Sesteadero y porque no decirlo también, en el barrio cantinero de La Cumbre, sitio de bohemios y prostitutas que estaba en la salida de Pereira a Dosquebradas, pasando el río Otún. No sé si todavía existe.

Sus primeros poemas fueron publicados en el semanario “Sábado” que dirigía Plinio Mendoza Neira, sin que llegaran a tener mayores comentarios. Luego reunió muchos de sus versos en un librito que tituló “Sibaté”. Población de Cundinamarca en donde reúnen en hospitales-cárceles a las personas que pierden la razón.  !Por supuesto que andan muchos sueltos! En su introducción anotaba que:

“Dilectísimo lector
“Sibaté” sólo se edita
porque el autor necesita
convertirse en comprador.
Obliga, pues su edición
lo confieso sin ambages
la carencia de dos trajes
y un roto en un pantalón…”

Y me  decía que efectivamente el librito le había dado el dinero que necesitaba para comprar los dos trajes y remendar el pantalón. Posteriormente, reunió más versos y publicó “Asilo de Versos”. En 1983 el Banco de la República le editó la obra “POEMAS de Luis Carlos González”, que me obsequió en entrevista que le hiciera dos meses antes de fallecer y que me dedicó con estas palabras: “A Jaime Rico Salazar el humilde presente de mi pobre amistad…” (Firma)

Comenzaba la década de los años 40s  cuando Luis Carlos tuvo la iniciativa de musicalizar uno de sus poemas y le pidió a su amigo cantante Enrique Figueroa que hiciera un bambuco con los versos de “Vecinita”. Pero éste se sintió incapaz de aceptar el reto. Recurrió entonces al maestro Agustín Payán Arboleda, que tenía éxito como compositor y tampoco aceptó el encargo. Trató luego de convencer al pianista de la orquesta del maestro Payán y no se sintió capaz de hacerlo. Entonces no tuvo más alternativa que insistirle al “cojo” Figueroa que al final de cuentas era quién lo había retado a escribir la letra para un bambuco. Ocho días después le compuso la música..

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“Vecinita de mi vida
vecinita de mi alero,
¿por qué te muestras esquiva
sabiendo que yo te quiero?
Te quiero porque…anhelada
eres flor en mi sendero
clara fuente en mi jornada
y de mis noches lucero…”

Entusiasmados con la canción decidieron que el cojo Figueroa la cantara en un programa de radio pero no hubo ninguna respuesta del público oyente, ensayaron entonces a cantarla a dos voces, con una voz femenina y tampoco paso nada especial. Desilusionados se fueron para “La Cumbre” en donde lo único que le hicieron cantar a Figueroa fue “La negra noche” y “El pañuelito” las canciones de moda en esos días y cantó también “Vecinita”, pero a nadie le interesó. Decepcionados se fueron para el “Sesteadero” en donde encontraron un grupo de amigos que al oír el bambuco se emocionaron en tal forma que hasta fueron a cantarla esa misma noche en una serenata.

Después vinieron “Callecita morena”, “Recuerdos”, “Besito de fuego”, “Antioqueñita” y “Paisaje” que conocidas como poemas fueron acompañadas con la sentida y hermosa música que les puso Figueroa y que se han mantenido vivas en el recuerdo de nuestras mejores canciones.

En 1942, dos empresas antioqueñas, Rosellón e Indulana promovieron en Medellín un concurso de canciones colombianas. Luis Carlos González acompañó aEnrique Figueroa y Enrique Villegas (Los Heraldos de Caldas) que se hicieron presentes con “Vecinita” y las canciones anteriores, sin que ninguna tuviera alguna distinción. El primer puesto se lo dieron al bambuco “A la orilla del río” del maestro Carlos Vieco, interpretado por Obdulio y Julián. Hoy ya nadie se acuerda de ese bambuco. Por supuesto que influyó el sentido localista.

 En otro concurso radial presentaron el bambuco “Nochebuena” con tan mala suerte que tuvieron que competir con una composición presentada por el director de la orquesta y el animador del programa a quienes por supuesto, les adjudicaron el concurso.

Con el pasar de los años las canciones de Luis Carlos González, muchas con música de Figueroa se fueron esparciendo en el gusto musical colombiano. Ya nadie sabe cuáles fueron las canciones ganadoras de esos concursos que les negaron la oportunidad de surgir a la popularidad en aquellos años, lo que finalmente tampoco fue necesario.

Y fue enriqueciendo más nuestro cancionero y nuestra poesía con hermosas letras muchas de ellas musicalizadas por diferentes compositores. Pero no le gustaba la publicidad, detestaba los homenajes porque según él no se los merecía y además alguna vez dijo que “toda gloria es un anticipo funerario”.

Sin embargo fue condecorado con la “Estrella de Antioquia”, siendo gobernador Oscar Montoya y el Presidente Belisario Betancur le impuso la “Gran Cruz de Boyacá” el 28 de agosto de 1983.

 El Banco de la República, seccional de Pereira quiso hacerle un homenaje colocando su nombre a las instalaciones culturales del banco. No con mucho entusiasmo asistió a la ceremonia que tuvo lugar el 17 de agosto de 1985 con asistencia de un selecto grupo de personalidades de la ciudad. El escritor Héctor Ocampo Marín le hizo entrega de la obra “El poeta de la ruana”. Y fatigado se retiró a su casa. A la 1,15 de la tarde un infarto le sobrevino y falleció. Tenía razón al afirmar que toda gloria es un anticipo funerario…

Ese día leyó su último poema escrito para la ocasión: (fragmento)

“Nunca ha sido más enano
el idioma en su expresión
como es en esta ocasión
de derroche pereirano.
Luchando están mano a mano
muy generosa intención
y golpes de corazón
tratando de comprender
algo que  mi parecer
es noble exageración.
Que les perdone la vida
tan noble exageración
deparándome ocasión
para bien correspondida…”

Recuerdo que ese día estábamos en el Festival de la Canción Colombiana en Ginebra (Valle). La noticia, por supuesto, empañó la alegría del festival. Cayó como un baldado de agua helada…

En su poema “Soy colombiano” escribía al final del soneto unas palabras que no han perdido su vigencia…

“Y moriré sin ver: buen presidente,
buena la situación, mal aguardiente,
ni la cosecha cafetera buena…”

El presidente Betancur lo despidió con un sentido discurso que entre otras cosas decía: “Debe ser bello el saberse recordado por los siglos de los siglos a la manera de Luis Carlos González; con una de sus canciones en los labios, entonada por generación tras generación, para reafirmar el poder inextinguible de los sueños y de la esperanza. De él debemos despedirnos por tanto con una canción. Susurrada o en voz alta, reconstruida en silencio dentro de la turbamulta del alma….”

Además de “Sibaté”, “Asilo de versos” y “Poemas”, sus versos quedaron impresos en “Pereira canta”, “A control remoto”, “Retocando imágenes” y“Anhelos” publicadas por diferentes casas editoras.

Enrique Figueroa le musicalizó 20 poemas: “Lejana”, “Madre labriega”, “Recuerdos”, “Antioqueñita”, “Manizales canta”, “Vecinita”, “Ventanita”, “Aguardiente de caña”, “Acuarela”, “Cansera”, “Callecita morena”, “Relojito”, “Besito de fuego”, “Paisaje”, “Muchachita parrandera”, “Compañero”, “Nochebuena”, “Los viejos”, “Pereira” y “Cobardía”.

José Macías le puso música a “Mi casta”, “Fondas de ayer” y “La ruana”.

Fabio Ospina musicalizó: “Caminos de Caldas”, “Muchachita pereirana”, “La esquina” y “Sin palabras” (En tono mayor). La que canta Beatriz Arellano es en tono menor y se desconoce el autor de la música.

Hugo Trespalacios musicalizó “Tarde”. De Enrique Villegas es la música de “Compañera” y “Ajena”. Sedy Cano le musicalizó “Cafetal”. Arturo Henaole puso música a “Matapalo”, “El hacha”, “Camino ciego”, “Camino y tarde”, “Dos palabras”, “Al bambuquero”, “Mariposa verde” y “Orgullo”. (pasillo)

Manuel Ramírez musicalizó: “Alfiler”, “Troncos secos”, “Juramento” y “El carriel”. De Gabriel Arias es la música de “Agua montañera”, “Te quiero” y “Amor montañero”. Francisco Bedoya le puso la música a “Trocha de lágrimas”. Joaquín Arias a “Montañera”. De Rodrigo Gómez es la música de “Harapos”. Sofía Ángel de C. musicalizó “Yo pecador”. Lucho y Nilhem musicalizaron “Barrio pobre”.

De Eduardo Cava es la música de “Café de Colombia” y el Dr. Jorge Villamil le puso la música a “Bendigo mi soledad” por petición del mismo Luis Carlos que le escribió, enviándole el poema y diciéndole que “le pusiera alas a éste ladrillo”…