Luthieres: o del delicado arte de tallar la música

Mario Alberto Duque Cardozo Medellín | Publicado el 17 de octubre de 2009
Mientras San Juan escupe bulla con sus floresta estadio y sus circulares que tiñen de gris el ambiente, detrás la puerta marcada con el 72 -73 la radio emite los inconfundibles sonidos de salsa, que marcan el ritmo del trabajo de Diego Raigoza.

Su paciente es un contrabajo, sin puente y con las cuerdas al aire. Él los repara, ahí en su pieza taller que linda con la calle. Pero adentro, en las otras dos habitaciones, se fabrican violines, violas y guitarras.

Allá están las herramientas, colgadas de la pared se ven las gubias y los formones, el calibrador de espesor, los cepillos y los moldes, y la madera.

En esos tres salones se agrupan los luthieres formados en Medellín, los que, desde 2004, empezaron a crear escuela en la ciudad. Fueron 20 primero y ya entre alumnos y profesores, que son más como discípulos y maestros, van 44.

Tallando música
Alguien cambia la emisora, y el sonido de las palmeras se cambia por la Pequeña serenata nocturna , de Mozart.

«La fabricación de un violín es muy delicada», dice Édgar Bolívar, uno de los maestros. A él lo de construir instrumentos le viene por la sangre, pues su papá, durante 60 años, se dedicó a fabricar guitarras.

«Todo es vaciado, todo a punta de gubia», cuenta, mientras le pasa la mano a la tapa del violín.

Es como coger la madera y empezar a quitarle lo que le sobra para convertirse en instrumento.

O para entenderlo, como hace Mónica Hurtado. Tiene 21 años y desde los 14 toca el violín. «Yo era una ñoña, no sabía nada de trabajar con herramientas. Ahora sé trabajar con la madera y entender, por ejemplo cómo es que rebota el sonido, he aprendido a entender el instrumento».

Wilfred va más allá. «Que a la vuelta de unos años digan: ‘Me compré un Benítez’, que la gente conozca los violines que yo hago». Apenas pasa de los 20 años, es músico y está en el proceso de aprendizaje.

Pero su tarea no es descabellada, porque aquí, en la ciudad, se enseñan a hacer violines de calidad.

«Uno como los que nosotros construimos, importándolo, está alrededor de los seis o siete millones de pesos, este cuesta la mitad», cuenta Adriana Muñoz, otras de las profesoras.

La creación
Esta es una labor de paciencia. El proceso de formación del primer violín, tarda un año, 365 días para convertir abeto alemán, arce y maple en una caja de resonancia.

Hay que pulir la madera, darle forma, medir y remedir, con la mayor precisión. En esto todo se define en milímetros, el centímetro es la macromedida. Por eso abundan las reglas y un par de lámparas con lupa son los mejores aliados. Una vez se aprende, y con la práctica, ese proceso puede tardar un mes.

«Solo la construcción, porque la barnizada ya es otro cuento», calcula Juan Carlos Ruiz, el tercero de los maestros.

Con un cepillo miniatura Daniel Ocampo, de 26 años, le va dando forma a su creación.

¿Hay que ser músico? «No, pero sí tener algo de oído», opina este estudiante.

¿Qué se hace con lo que crean? Se vende, porque la idea, dicen profes y alumnos, es crear escuela, pero también que estos instrumentos lleguen a manos de los músicos de la ciudad y de más allá.


FOTOGRAFÍAS DIEGO TABARES/ PEREIRA
TALLER DEL LUTHIER TOBIAS BASTIDAS – ARMENIA

ARTICULO PUBLICADO EN www.elcolombiano.com.co 17 octubre de 2009

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