“Que no se muera el folclor”

Un tradicional fabricante de gaitas y tambores

Por: Carolina Gutiérrez Torres / Enviada Especial – www.elespectador.com
Juan Lara, hijo uno de los fundadores de Los Gaiteros de San Jacinto, dirige una fábrica de instrumentos musicales. Sus productos se venden en todo el país y, a través de terceros, están siendo exportados a Europa y EE.UU.
Negocio de gaitas y tambores

Foto: Camilo Rozo

En el patio de su casa, en San Jacinto, Juan Lara entrena a jóvenes para que se sumen a su negocio.

En sus más viejos recuerdos está su padre, José Lara, cargando al hombro palos de madera que acababa de conseguir en el monte. Luego recuerda al viejo pasar días y días desfondando los troncos con candela, dándoles forma con un machete y forrándolos con cuero de venado. Pasaban días, semanas y hasta meses para que retumbara en la casa el resultado de tanto trabajo. Un tambor.

Él heredó el arte de su padre, de ese hombre que recorrió el mundo con un sombrero vueltiao, una guayabera y una mochila terciada en el pecho, tocando su tambor y su gaita, representando a esa agrupación que pasaría a la historia como Los Gaiteros de San Jacinto.

Él también elabora tambores, como lo aprendió de niño. Y gaitas y maracas y guacharacas. Él es Juan Lara, el dueño de la empresa de instrumentos musicales y artesanías más famosa de Bolívar y sus alrededores. El sello de su negocio, Fábrica Gaitas y Tambores Juan Lara, ya ha viajado a países como Estados Unidos, Alemania y España.

El señor Lara, sentado en una mecedora en la sala de su casa, en San Jacinto (Bolívar), dice que les deja las exportaciones de sus instrumentos a terceros, porque esa tarea requiere mucha plata y papeles imposibles de tramitar en su pueblo. Y él, Juan Lara, no abandona las calles de su niñez ni porque le paguen. “Si me voy, ¿quién va a continuar con el folclor? No, no puedo dejar que se acabe esto”.

Empresa familiar

El negocio está al fondo de la casona, al final del pasillo, pasando la sala, los baños y la cocina que domina una mujer a la hora del almuerzo. Después de ese cuarto donde duerme un niño y aquel donde juegan otros pequeños. Allá, al final, atravesando ese arco sin puerta, en un solar atiborrado de machetes, madera, hilo, una mujer cosiendo una hamaca, un muchacho forrando un tambor, un niño jugando con un perro y otro llorando porque el perro ladró.

“Tengo mi NIT, estoy bien con la DIAN, tengo mis facturas al día, no estoy trabajando de ilegal, pago mis impuestos”, dice el viejo Lara y se acerca a un armario destartalado que hay en la sala para enseñar que tiene los papeles al día. Su casa enorme, de paredes gastadas, queda en medio de una calle que sólo es polvo y piedras.

El calor en San Jacinto es insoportable al mediodía, a la misma hora que el señor Lara, sentado en la sala, con la puerta abierta, cuenta que el negocio que él tiene hoy con un registro oficial y todos los papeles al día comenzó muchos años atrás, cuando su padre vendió el primer tambor en Cartagena y casi, sin quererlo, condenó a los Lara a seguir fabricando instrumentos musicales por el resto de los días.

“Hasta donde tengo los recuerdos, después de que le compraron ese primer tambor a mi papá comenzamos a venderlos en la variante, a la entrada del pueblo, como en el año 65. Esa era nuestra fuente de trabajo”. El señor hace una pausa, se para de la mecedora y toma un tambor pequeñito que está en una esquina. Dice que ese y los otros que están por ahí regados ya están listos para ser enviados. El precio de uno, del chiquito que ahora está tocando para comprobar que esté afinado, es de $35.000.

Luego toma las maracas, que también están en el suelo, las hace sonar, tararea cualquier canción y dice que esas también están listas para ser enviadas. Así trabaja él. Por pedidos. Principalmente de empresarios de Bogotá que luego exportan los instrumentos. Al mes la fábrica Juan Lara despacha para todo el país unos 240 instrumentos. El juego de tambores, gaitas y guacharacas cuesta $240.000, y él dice que ha escuchado por ahí que en el exterior los vende tres, cuatro y hasta cinco veces más caro.

“Aquí nunca han pagado bien la artesanía, los que ganan son los que la revenden”, asegura y al instante replica que él no es egoísta, que en su negocio les va bien a todos, “ellos también tienen derecho a ganar”.

En las plazas

Años 60. La casa de los Lara se convierte en una fábrica de instrumentos. Los 12 hijos del matrimonio de María Dolores Montes y José Lara se alinean en el patio para cortar, desfondar, forrar, pulir, secar y empacar. Cuando el cargamento está listo, muy de madrugada, los niños y los papás se alzan al hombro cajas llenas de gaitas y tambores para vender en las plazas de los pueblos vecinos.

La misma rutina se repite unos años, hasta el día en que se inauguran las bóvedas para el comercio en la Ciudad Vieja de Cartagena, unos locales enormes que en otros tiempos habían sido las canchas deportivas de los presos.

“En el 66 los viejos (Toño Fernández, Juan y José Lara, fundadores de Los Gaiteros de San Jacinto) ganan un concurso en México, están conquistando los países europeos y al negocio cada vez le va mejor”, cuenta y se entusiasma, y se levanta otra vez de su silla para enseñar las fotos que hay colgadas en la pared de la sala.

En una están los tres gaiteros en Moscú, año 1958. En otra, de la misma época, está su padre José Lara vistiendo un traje negro, elegante, y en la cabeza el sombrero de siempre. Al lado hay un tambor viejo, protegido con un plástico; “con ese ganaron las olimpiadas en el 68”, explica Lara.

Él llama a ese rinconcito “la esquina de las reliquias”. Hay un saco azul con una medalla y un escudo de Colombia, que siempre llevó su padre a los viajes. Están las maracas y las gaitas de treinta años atrás. Y guardada en un saco sucio hay una gaita que don Juan Lara califica como “lo que más quiero en la vida”.

“Me da mucho sentimiento sólo verla —dice, sin esconder la nostalgia—. Hace diez años no la toco, desde que murió el viejo. Va a ser muy difícil volverla a tocar, guarda muchos sentimientos”.

Después de los tiempos de gloria vinieron las épocas difíciles para las artesanías. “No le daban el valor que había tenido. Empezaron a decir, por ejemplo, que el que tocaba gaita era un bebedor”. Don Juan Lara no puede esconder la malicia y las risas cuando habla del tema. “Hay gente que no entiende que hay que tomarse unos tragos para entusiasmarse, para ponerse feliz, ¿se imaginas un gaitero triste?”.

La vía principal que lleva a San Jacinto está rodeada de almacenes que exhiben las artesanías famosas del lugar: hamacas, mochilas, chales y gaitas, muchas gaitas y tambores. A unos minutos de la entrada al pueblo, en una calle sin pavimentar, vive Juan Lara, el hombre que está entregado en cuerpo y alma a que “ la gaita siga viviendo”. Junto a él está siempre Anaceli Solano de Caro, su esposa, una fabricante brillante de hamacas. De sus seis hijos, sólo Francis Alberto Lara, el único varón, está entregado al negocio de la familia. Al menos uno sigue la doctrina de su padre: “Que no se muera el folclor”.

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